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Dios está siempre presente en la vida de todos y de todo. Lo encuentras en las personas, en la Palabra, los Sacramentos, en tu familia, en tu comunidad y en los más necesitados. Ahora bien, esta presencia suya es recibida y transforma nuestra vida sólo si oramos.
Sin oración no hay encuentro personal, íntimo. Gracias a la oración se realiza la reciprocidad de las conciencias y el intercambio de un “tú y un yo” que se comunican escuchándose y revelándose. De ahí nace una historia de amor entre Dios y el ser humano, donde el diálogo se convierte en el puente de comunicación y comunión con el Misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dios es la fuente de la vida, de la sabiduría, de la fortaleza y misericordia, de la esperanza y alegría. Solamente podemos recibir lo que Él nos quiere dar si nos detenemos, buscamos el silencio y a Él nos abrimos cada vez de manera más plena. También en la oración comunitaria se realiza este intercambio, pero necesita el fundamento del encuentro personal íntimo.
Para poder orar debes tener fe en un Dios personal, vivo, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Debes tener fe en una presencia real, activa, viva, que siente, que ama, que está consciente de quien eres y que tiene atributos infinitos como es él mismo. También debes tener la total confianza de que ese Dios te escucha, te atiende, te ama, te tiene siempre presente.
Nuestra oración tiene rasgos muy peculiares que la diferencian de la que se hace desde otras religiones ya que descansa en el Misterio de la Santísima Trinidad. Tomar conciencia de nuestra filiación divina nos hace experimentar la paternidad misericordiosa del Padre que nos envuelve, nos protege, nos acerca a su corazón amantísimo y nos hace exclamar como Cristo, “Abba, Padre”. El saber que él siempre nos llama y nos trata como hijos, nos permite en la oración sentir su fortaleza, su ternura, su mirada compasiva y nos da la seguridad de que él vencerá sobre nuestros grandes enemigos, el pecado y la muerte.
Nuestra oración al Padre se hace a través de Cristo Jesús, quien nos lleva y nos presenta al Dios creador habiendo dado la vida por nosotros en la Cruz. Él es el mediador entre el Padre y nosotros y es la puerta que nos conduce a experimentar la dulzura del amor misericordioso de Dios. Él nos enseñó a orar dirigiéndonos al Padre y a poner la vida toda ella en manos de Dios. Nos hizo ver que Dios es eternamente compasivo y él, el Cristo de la divina misericordia siempre tiene abiertos sus brazos para acogernos a Él y así vivir su presencia salvífica.
Nuestra oración cristiana es “trinitaria” ya que creemos en el Espíritu Santo, dador de vida y que es adorado juntamente con el Padre y con el Hijo. Podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad porque somos hijos de Dios guiados por el Espíritu. Hemos recibido no un espíritu de esclavitud para vivir en el temor, sino un espíritu que nos hace hijos adoptivos y nos hace exclamar con alegría, con total confianza, “¡Abba, Padre!” y nos hace creer que somos hijos de Dios (Cfr. Rom 8,15-16). Es más, no podemos decir que Cristo es Señor sino es por obra del Espíritu Santo. Cada vez que sientas ganas de comunicarte con el Señor, de estar más íntimamente con Él, es porque te inspira el Espíritu Santo. No lo desprecies, no dejes de aprovechar esa ocasión.
Tu oración debe ser sincera, cálida, de alabanza, de acción de gracias, de petición, de intercesión, siempre confiando que Él te escucha, sabiendo que con Dios eres invencible.
http://www.laprensa.hn/Ediciones/2011/02/25/Opinion/La-importancia-de-la-oracion |